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5.
Las adhesiones al Movimiento
El general Francisco Franco hizo un llamamiento
a la sociedad de derechas en su bando emitido desde África:
Por último, espero la colaboración
activa de todas las personas patrióticas, amantes del orden y de
la paz, que suspiraban por este Movimiento, sin necesidad de ser requeridos
especialmente para ello.
En efecto, la derecha palmera saludó,
desde las páginas de su órgano de prensa, la intervención
militar, con el grito que, en aquellos momentos iniciales, constituía
la divisa de los sublevados: ¡Viva España, Viva la República!(26)
. En los años siguientes, sus dirigentes canalizarían la
colaboración de un sector importante de la sociedad palmera hacia
el Movimiento Nacional.
Las dos principales organizaciones que encuadraron
el apoyo civil al golpe militar fueron Falange Española y Acción
Ciudadana. Ambos somatenes tuvieron como característica que, tras
algunos meses de lucha por el poder, terminaron siendo dirigidos por Caciques
de la época de la Restauración, sus sucesores durante el
periodo republicano o por miembros destacados de sus clientelas.
A los coetáneos les sorprendió
el número inesperadamente alto de voluntarios que ingresaron en
Falange Española y Acción Ciudadana, convirtiendo a las
dos organizaciones de minoritaria o inexistente, durante el periodo republicano,
a reunir centenares de afiliados en la Isla, a los pocos meses de iniciada
la Guerra Civil. Normalmente, sus militantes provenían de la derecha
sociológica, bastantes procedían de sectores acomodados,
- muchos apartados de la política en el periodo anterior-, y, en
menos casos, se trataba de trasvases de afiliados de izquierda que intentaban
eludir la represión(27)
.
Esta afluencia, desde diversos orígenes,
deja referencias y juicios en la documentación impresa en la época.
Sobre todo, los nuevos mandos detectaron, con preocupación, que
muchos de los inscritos en Falange no compartían sus ideales e
ingresaban en la organización para preservar sus intereses en el
nuevo medio. Asimismo, previnieron sobre los afiliados de las organizaciones
republicanas y obreras que se hicieron falangistas para evitar que la
maquinaria represiva cayera sobre ellos. En el siguiente documento reservado,
el Gobernador Civil manifestaba al Delegado del Gobierno en La Palma:
Y esta gesta gloriosa, que bien merece
categoría de epopeya, no puede transigir, no transigirá,
con los hombres acomodaticios que por salvar particulares intereses o
por cubrir ajenas faltas, toleran que aliente nuestra causa los que no
la sienten íntimamente
Dejar infiltrados en nuestras filas
elementos que no tengan nuestra fe, equivale a traicionar esta y a preparar
una situación falsa para el porvenir. No basta con el arrepentimiento,
ni suscribir el ingreso en nuestras instituciones, ni atribuir a presiones
de quienes gobernaban delitos cometidos
revela una infantil cuando
no repugnante habilidad para seguir viviendo..(28)
.

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6. Los
alzados
Los
militantes de izquierdas huidos en los montes fueron considerados "alzados"
por las fuerzas nacionales. El carácter pequeño y cercado
de la Isla limitó, tanto sus posibilidades de fuga como la viabilidad
de la resistencia armada. A la carencia de armas y al enclaustramiento
geográfico, se unía que los partidarios locales del golpe
militar conocían el medio físico y a las personas que
lo habitaban. Esto facilitaba la persecución que las milicias
adictas a los insurrectos llevaron a cabo, conjuntamente con la Guardia
Civil y el Ejército.
Sin embargo, aunque el Ejército
y estas milicias armadas controlaron, inmediatamente, todas las localidades
de la Isla, tardaron algunas semanas en organizarse lo suficiente como
para emprender batidas. Pronto lo estuvieron y su misión fue
capturar a hombres que se escondían sin albergar intenciones
de emprender guerrilla alguna, pero que, en bastantes casos, estaban
dotados de armas de fuego y explosivos, en un terreno agreste, que,
pese a ser conocido, cara al combate, era peligroso y arriesgado.
Los bandos dictados por las autoridades
militares permiten apreciar la exasperación que provocaba el
fenómeno de los "alzados". El primer Bando trataba
de impedir la existencia de individuos armados deambulando por los montes:
Hago saber: que el primero del entrante
agosto, el día señalado para el cierre de la veda en esta
provincia, como las especies de caza que en la misma existen, se persiguen
en su mayor parte con escopeta y en las actuales circunstancias no es
apropiado que puedan circular con armas los particulares, por las poblaciones
y sus campos, he dispuesto que el cierre de la expresada veda quede
aplazado en esta provincia hasta nueva orden (sic).
El 2 de octubre, el comandante militar
de La Palma publicó otro Bando de mayor claridad y contundencia:
Hago saber: que atendiendo a las diferentes
causas, leves muchas de ellas, que mantienen en fuga de sus hogares
a algunos vecinos de la Isla, poniéndose en situación
de rebeldes y de sediciosos sin haber cometido hechos punibles a tal
calificación diera lugar y para atender debidamente estas circunstancias
y solucionar anómala situación, ordeno y mando:
Artículo 1.- Todos los individuos
inmotivadamente ausentes sin causa punible, ni estar reclamados por
la autoridad judicial militar, se presentarán dentro del plazo
de cinco días a contar desde la publicación de este Bando
en el puesto de la Guardia Civil, Acción Ciudadana o cuartelillo
de Falange Española, con las armas que posean, cuya autoridad
mediante el correspondiente atestado los pondrá a mi disposición.
Artículo 2.- Transcurrido el plazo
anteriormente fijado, todo individuo que falte inmotivadamente de su
domicilio será considerado como sedicioso y ateniéndose
a lo que dispone a estos efectos el código de justicia militar.
Tras estas advertencias, desde finales
de octubre, sobre los fugitivos pesó la amenaza de que se les
ejecutase inmediatamente después de ser apresados, sin formación
alguna de Causa judicial. La dureza de esta medida estuvo prevista desde
los primeros momentos, así, el artículo décimo
del primer Bando emitido en África por el general Francisco Franco
advertía que serían "considerados como presuntos
reos de sedición o rebelión las personas que se encuentren
o hubiesen estado en sitio de combate, y así mismo aquellos que
fuesen aprehendidos huyendo o escondidos, después de haber estado
con los estimados como rebeldes o sediciosos".
Ante la certidumbre, por las "desapariciones"
de izquierdistas capturados en los montes, de que la represión
sería implacable, pasadas unas semanas, algunos fugitivos optaron
por regresar, entregándose a las nuevas autoridades, pero solo
en el caso de que estuvieran garantizados, es decir, que algún
cargo falangista o alguna autoridad, ofreciese seguridades a familiares
o a personas en contacto con el huido, para que este volviese sin temor
a ser castigado.
Las Fuerzas Armadas y las milicias del
Movimiento Nacional procuraron cortar cualquier tipo de socorro que
la población pudiese aportar a los izquierdistas "alzados".
Varias disposiciones hacían objeto de duras sanciones a aquellos
que acogieran o ocultasen a perseguidos. En el artículo 8º
del Bando declaratorio del estado de guerra se decía que quedaban
"sometidos a la jurisdicción de guerra y juzgados en
procedimiento sumarísimo, todos los autores, cómplices
o encubridores de cuantos delitos se previenen contra el orden público".
Las medidas emitidas llegaron a ser de una contundencia considerable,
como ejemplifican estas dadas en La Palma y en Santa Cruz de Tenerife,
respectivamente:
Artículo 2.- El que encubra
a algún individuo o le facilite alimentos para su subsistencia
será detenido inmediatamente y le parará igual perjuicio(29)
.
Al mes siguiente, el Teodulo González
Peral, comandante militar de la Provincia, ordenaba:
Artículo 1.- Las personas que
alberguen en sus domicilios a rebeldes o sediciosos u otros delincuentes
perseguidos por la jurisdicción de guerra, tengan o no conocimiento
del hecho que hubieren perpetrado, serán considerados como autores
de un delito de auxilio a la rebelión y juzgados en procedimiento
sumarísimo.
Artículo 2.- En las mismas
penalidades incurrirán los que de cualquier forma auxilien a
los rebeldes y sediciosos.
Artículo 3.- La casa donde se ocultase
el rebelde, si es propiedad del que lo encubra, será volada.
Se trataba de evitar que los huidos recibieran
refugio de los campesinos del interior de la Isla. La amenaza surtió
efecto porque muchos, aunque fueran, incluso, conocidos de los fugados,
tuvieron temor a comprometerse.
No sólo se castigaba el auxilio
sino que se fomentaba la delación. Así, las normas dictadas
por la Comandancia de Santa Cruz de Tenerife exoneraban de culpa si
el fugado era denunciado: "los que en el plazo de 48 horas a
partir de la promulgación de este Bando, denuncien a las autoridades
o a sus agentes, bien por escrito o confidencialmente, la situación
de los rebeldes, quedarán exentos de toda responsabilidad".
La difusión entre los pequeños campesinos de la especie
de que los comunistas estaban dispuestos a expropiarlos sin alcanzaban
el gobierno provocó que algunos vecinos de las zonas rurales
denunciase haber visto forasteros deambulando por los montes. La denuncia
era seguida de una expedición de guardias civiles y milicianos
armados, guiados por arrieros -en muchos casos obligados- para dar con
los disidentes que, una vez encontrados, podían ser capturados
o muertos.
La eficacia desplegada por estos métodos
contra los fugitivos fue tal que en un año acabó con el
fenómeno de los "alzados", hizo impracticable
cualquier conato guerrillero y convirtió en incierta la fuga,
aunque algunos perseguidos consiguieron evadirse de la Isla por distintos
medios(30)
.
Los "alzados" que, a
finales de febrero, aún resistían estaban acuciados por
la conciencia de que si eran hallados fugitivos, muy probablemente,
serían ejecutados, por las dificultades que suponía no
poder recibir ayuda de la población rural atemorizada, por el
riesgo acechante de ser denunciados, y, por último, por la crudeza
de un invierno que endureció las condiciones para la supervivencia
a la intemperie.
Por todo esto, muchos decidieron entregarse
cuando los militares volvieron a cambiar la táctica seguida contra
los fugitivos de izquierda. En efecto, el nuevo Comandante General de
Canarias, el general Carlos Guerra Zagala, marcó el límite
final de la cruenta persecución contra los huidos de izquierdas:
Restablecida la normalidad absoluta
en todo el territorio de mi mando, es necesario ir hacia el cumplimiento
más estricto del derecho común, llamando, en definitiva,
a sustituir las medidas de carácter extraordinario y excepcional
que hubo necesidad de dictar en diversas situaciones, ante situaciones
de hecho relacionadas con el orden público(31).
Muchos huidos aprovecharon este momento
para entregarse a las autoridades nacionales. Entre finales de octubre
de 1936 y finales de febrero de 1937, fueron fusilados, en los lugares
de captura o eliminados días más tarde, veintisiete "alzados".
Así mismo, fueron "desaparecidos" quince de
las personas que ampararon a los fugitivos(32).
26.-.
Acción Social (La Palma). Santiago y cierra España. 27 julio
1936.
27.- Salvador González Vázquez. La Guerra Civil en la Isla
de La Palma. En Miguel Ángel Cabrera Acosta (Ed.). La Guerra Civil
en Canarias. Francisco Lemus Editor. La Laguna, 2000.
28.- Informe remitido por el Gobernador Civil de Tenerife al Delegado
Insular del Gobierno en La Palma. Legajo año 1937. ADG.
29.- Bando
emitido por la Comandancia Militar de La Palma. 2 agosto 1936.
30.- Entrevista a Florisel Mendoza Santos. Diario de Avisos (Tenerife).
10 junio 2003.
31.- Bando emitido por la Comandancia General de Canarias. 20 febrero
1937.
32.- Salvador González Vázquez. La Guerra Civil en la isla
de La Palma. En Miguel Ángel Cabrera Acosta (Ed.). La Guerra Civil
en Canarias. Francisco Lemus Editor. La Laguna, 2000. Pág. 107.

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